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Viejas y nuevas costumbres

Vapor-Correo-Reina-Maria-Cristina_Rev-de-Nav-y-Com_1893Aseguraba Ralph Waldo Emerson, en su ensayo de 1841 La confianza en uno mismo, que «viajar es paraíso de ingenuos» y que «es por falta de cultura propia por lo que la superstición del viaje […] mantiene su fascinación para los estadounidenses cultos». El escritor y filósofo trascendentalista norteamericano consideraba que «el que viaja para divertirse, o para obtener lo que no lleva consigo, se aleja de sí mismo cuando viaja» y que, en definitiva, «la fiebre de viajar es síntoma de una falta de solidez más profunda y que afecta a toda la acción del intelecto».

Sesenta años más tarde, cuando la costumbre de viajar se había generalizado, Joseph Conrad retrata en su novela Lord Jim (1900) a unos viajeros que se tropieza en el comedor de un hotel como gente «con inteligencia tan poco receptiva para impresionarse con lo nuevo, que podrían compararse con los baúles que tenían en sus habitaciones».

Veinticinco años después, otro gran crítico de la sociedad, Pío Baroja, pone en boca de uno de sus cáusticos personajes la idea de que no se puede aprender gran cosa viajando. Y apostilla: «Kant… no tuvo necesidad de salir de su pueblo para ser el más gran filósofo de los tiempos. Sócrates no salió de Atenas. El viajar parece servir de adorno para los ricos y para los desocupados; para un hombre de pensamiento fuerte, creo que el viajar no le da nada».Pda.-Los-viajes-de-GulliverPda.-La-expedición-de-Humphrey-Clinker

Estas opiniones de literatos tan ilustres pueden resultar antipáticas al ciudadano occidental de hoy, para el que, en general, viajar es la mayor muestra del buen vivir y una vía inmejorable para adquirir conocimientos. Más allá de la posición que se adopte al respecto —el tema daría para una extensa disertación—, lo cierto es que los viajes han ofrecido buenos materiales y pretextos para servir de inspiración a excelente literatura. De hecho, el viaje, los viajes, están en su propio origen. Desde la Odisea hasta las aventuras interestelares de la ciencia-ficción, pasando por el Quijote, los viajes han alimentado multitud de obras literarias —y artísticas, en general— por su condición de hecho extraordinario que hace salir al hombre de su rutina diaria y de su entorno habitual. Aunque tal vez en la vida real el acto de viajar pueda no aportar nada al que se embarca en él, como aseguran los viejos cascarrabias que citábamos al principio, lo cierto es que ha servido a muchos como motivo para desentrañar la condición humana. Es lo que hace Jonathan Swift en sus fantasiosos Viajes de Gulliver, a la manera en que también lo hiciera anteriormente Cyrano de Bergerac con sus viajes a los estados e imperios de la Luna y el Sol. Por su parte, otros autores prefirieron apoyarse en viajes más modestos y cercanos, de carácter antropológico, para realizar una disección de sus propias sociedades, como hace Tobias Smollett en La expedición de Humphry Clinker o Charles Dickens, siguiendo claramente a aquel, en sus Papeles póstumos del Club Pickwick.

Viajar quizás no sea siempre una experiencia enriquecedora, es verdad, pero cuando un autor con talento y capacidad de observación lo hace por nosotros, la experiencia de vivir un periplo maravilloso e instructivo está asegurada.

Ulises Ramos

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