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Vida y poesía

Con mucha gracia, no exenta de retranca, solía contar a su público el poeta barcelonés Francisco Ferrer Lerín su asombro al haberse tropezado en el moderno espacio virtual con un censo de poetas en España. Más allá de la propia existencia de tal documento —algo ya en sí asombroso— llamaban poderosamente la atención de Ferrer Lerín algunos datos de aquel estudio. Al parecer, algunas provincias españolas como Murcia o Badajoz contaban —y cuentan— con una densidad de poetas por habitante realmente notable, muy superior a la media. Y en determinadas comarcas de dichas provincias, el número de poetas ¡superaba incluso al de habitantes! Don Francisco narraba la anécdota con tal aire circunspecto que buena parte de su audiencia llegaba a creerse esta supuesta estadística disparatada. ¿Qué mensaje pretendía lanzar el ingenioso Ferrer Lerín con semejante broma, a parte de divertir al respetable?

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De forma inteligente y desenfadada, Ferrer Lerín ponía su granito de arena en un asunto tan en boga como la reflexión acerca del papel de la poesía en la sociedad actual. De manera más crítica y mordaz ha hecho lo propio —en un artículo publicado hace pocos días en El Confidencial— el crítico, novelista y periodista Alberto Olmos. El título de su artículo ya era lo suficientemente explícito, «La poesía es la bien pagá: un género con más subvenciones que lectores», y algunos de sus párrafos resultan demoledores: «La evolución del verso en España, desde el romancero a nuestros días, pasando por Lope y Espronceda y el 27, es la historia de una institucionalización. Casi nada que hoy tenga que ver con la poesía carece de subvención, sea ésta pública o privada, de modo que los poetas, que habitaron en tiempos las buhardillas más miserables de París, se han convertido en una nueva clase de funcionario, el interino lírico.» Olmos acaba por concluir que los poetas malos y mediocres, bien subvencionados, se reproducen como las setas pero que seguimos sin leer poesía y a nadie parece importarle, ni a los propios poetas.

Sin entrar en valoraciones sobre la calidad de la poesía que se hace hoy en este país, lo cierto es que si realizáramos el famoso censo de poetas y lo comparáramos con el de lectores de poesía, obtendríamos un resultado que igualaría ambas cifras, si no es que resulte del mismo que tenemos más poetas que lectores de poesía porque, adoptando la tenebrosa perspectiva de Alberto Olmos, es probable que muchos poetas no lean poesía que no sea la propia. Y ahora deberíamos preguntarnos, ¿este panorama es distinto al de épocas anteriores?

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Parece, desde luego, que la poesía ha ido perdiendo terreno en la sociedad moderna porque en otros tiempos, si no había muchos lectores de poesía, al menos se recitaban versos, había una apropiación popular de la poesía. Nuestros abuelos se sabían de memoria romances y sonetos, elegías y toda clase de versos de amor. La poesía formaba parte de la cultura popular. Recordemos que los poemas de Quevedo pululaban por el Madrid del siglo XVII en copias piratas no autorizadas. ¿Quién robaría unos versos hoy en día? La fama de los poetas de los Siglos de Oro y sus obras iba a la par de su calidad. Tal vez, aquellas generaciones no solo dieron al mundo una de las cimas de la poesía de todos los tiempos sino también, uno de los momentos de mayor comunión entre vida y poesía, entre la sociedad y sus poetas. Tal vez, leyéndolos ahora volvamos a reconciliarnos con la poesía.

Ulises Ramos

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