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Francisco de Quevedo y Luis de Góngora

Uno de los nuestros

Personaje de obras teatrales, novelas, películas y hasta de chistes populares que aún se cuentan, Francisco de Quevedo es mucho más que uno de los grandes literatos de la historia de España. Todavía nos hacen gracia sus textos satíricos y nos sentimos identificados con su mala baba impertinente, tan representativa de lo ibérico. Al mismo tiempo, su poesía amorosa ilustra la faceta romántica que nos identifica, y las circunstancias políticas en las que se vio envuelto, y que en parte protagonizó, parecen un retrato premonitorio de la España de este tiempo. Así es, don Francisco de Quevedo sigue siendo uno de los nuestros, un español más, insatisfecho con su país, contradictorio, envidioso y partidista, dechado de virtudes y defectos, capaz de compaginar genialidades y vilezas sin apenas despeinarse.

Francisco de Quevedo y Luis de Góngora

En su época fue calificado como «maestro de errores, doctor en desvergüenzas, licenciado en bufonerías, bachiller en suciedades, catedrático de vicios y protodiablo entre los hombres», y sus batallas literarias con Luis de Góngora siguen haciendo las delicias de los estudiantes en las escuelas. Pero también mereció la defensa de Cervantes en su Viaje del Parnaso, o la amistad y admiración de Lope de Vega. Sin duda, los siglos transcurridos desde su muerte no han aplacado las controversias generadas por este hombre profundamente pesimista, por este ser de inteligencia aguda como un estilete, por este pobre tullido, renco, paticojo y miope personaje de apariencia ridícula que no dudaba en ridiculizar a los que padecían sus mismos defectos. Su genialidad solo es comparable con su desgracia.

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Más allá del personaje, la obra de Francisco de Quevedo sigue mereciendo ser leída por la profundidad de su pensamiento y su extraordinario dominio del idioma, y continúa considerándose como una de las cimas de la literatura en español. La variedad de géneros y subgéneros que practicó este grande del Siglo de Oro nos permite diferentes acercamientos a su obra, dependiendo de nuestros intereses o, incluso, de nuestro estado de ánimo. Desde su abundante y bien conocida prosa satírica hasta sus textos más filosóficos, o sus poemas de amor, Quevedo despliega ante el lector un variado y rico muestrario de pasiones, de finos argumentos, y nos sentimos conmovidos por el humor amargo de un hombre cuyo «grito febril» —como expresara Dámaso Alonso— nos llega perfectamente nítido e inteligible a través de las centurias.

Para saber más, lee la poesía y la prosa satírica de Quevedo.

Ulises Ramos

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