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«MI AMOR POR LOS CLÁSICOS ES UN PRODUCTO POP» Entrevista a Luis Magrinyà

Luis Magrinyà nació en Palma de Mallorca en 1960 y vive en Madrid desde 1982. Estudió Letras y Fotografía. Ha trabajado como traductor, lexicógrafo, editor y agudísimo twittero. Realizamos esta entrevista a propósito de su edición antológica sobre los relatos de Henry James.

 

-¿Qué te gusta más: seleccionar los relatos o traducirlos?

-Yo hace ya mucho que no traduzco y nunca traduje demasiado: creo que cuatro libros como mucho. Claro que entre estos cuatro hubo una selección de relatos fantásticos de Henry James, dos de los cuales figuran en esta antología. Traducir a James es una locura pero no recuerdo haberme vuelto especialmente loco en los dos que pueden leerse aquí, aunque uno de ellos, «La tercera persona», es de 1900, ya de la «época final», que es la que se considera más alambicada y oscura. Pero creo recordar que, afortunadamente, no tuve que vérmelas con un montón de oscuridad. Luego también hay que matizar esta fama de oscuro, que en buena parte se debe a sus esforzados traductores. No diré yo que James no sea difícil y a veces tortuoso y desesperante, pero, cuando uno lee ciertas traducciones, se da cuenta de que gran parte de esa «oscuridad» no está en el original. En las frases de James casi siempre ++se sabe bien quién es el sujeto, es decir, quién hace o dice esto o lo otro: la obligación del inglés de incluirlo expresamente y la facultad, en cambio, de elidirlo en español crean conflictos y empujan a decisiones no siempre acertadas (a veces hay sujetos redundantes, a veces no los hay cuando debería haberlos y uno se pierde). Lo mismo pasa con el célebre posesivo inglés, que tiene variante de género y número (his, her, its, their), cuando en español contamos con un simple su para todo. Así que, cuando ponemos un su, los traductores tenemos que ir con especial cuidado de que se sepa bien a quién nos referimos… y, si no está claro, considerar otras opciones. Si no lo hacemos, creamos una «oscuridad» añadida que para nada está en el original.

-¿Cómo funciona el trabajo de selección de tu antología?

-Bueno, intenté hacer una antología por «géneros», por decirlo así: el cuento social, el cuento de artistas, el cuento fantástico… pero, como está claro que una división así no lo resuelve todo, dejé para el final, en un apartado para él solo, «El banco de la desolación», un cuento que bien habría podido ir en el capítulo social, pero que me pareció bien aislar, como indicando que hay un «tema» -el de la «desolación»- que para mí es fundamental en James y que recorre toda su obra, y que en ese cuento en concreto se condensa incluso en una palabra.

-¿Algunos consejos para leer bien a James?

-No hacer caso a prejuicios sobre la oscuridad, para empezar, jajaja. Y no hacer caso tampoco a la idea aún harto extendida de que James es una especie de pintor de corte. Ahora mismo me he metido en Google y en una página «especializada» me encuentro con lo siguiente: «No hay nada feo, vulgar, común y corriente o pornográfico en James. No le preocupan la pobreza ni las clases media y su lucha por la vida. Su interés, en cambio, era describir una clase de personas que podían permitirse consagrarse a los refinamientos de la vida». Espero que esta antología contribuya un poco a despejar estos rumores.

-En la introducción a los cuentos comentas que James te llegó como regalo por una promoción de Pepsi. ¿Qué leías por aquel entonces?, ¿qué clase de sociedad era aquella que permitía considerar a los clásicos como un buen regalo para bebedores de gaseosas?

-Fue a principios de los 70, aunque creo que a mí me llegaron algunos años después. Esos libros (Relatos de amor, Relatos fantásticos, Relatos del Oeste, Relatos de siempre), editados por Santillana, se regalaban con la compra, creo, de un pack de seis botellas de litro de Pepsi; lo pone claro en la contra: «Es una promoción cultural de Pepsi-Cola». En casa no éramos de Pepsi pero unos vecinos norteamericanos que teníamos en verano sí, y me fueron pasando los libros. Yo no recuerdo bien cuál era mi relación con los clásicos en esos años: aunque mis padres me habían regalado las Obras completas de Shakespeare (las de Aguilar) a los catorce años, creo que por entonces leía mucha novela negra y narrativa contemporánea española e hispanoamericana. Pero en mi particular mitología, esos Relatos de amor me descubrieron un mundo: ¡qué curioso que ahí estuviera, como «relato de amor», «Maud-Evelyn», desde entonces y hasta hoy mi cuento favorito de Henry James! Y ahí estaban también «El filtro» de Stendhal, «El gran amor de Dennis Haggarty» de Thackeray, «Noches blancas» de Dostoievski… De todos esos autores, luego tan importantes para mí, fue lo primero que leí. Yo siempre he dicho que mi amor por los clásicos es un producto pop. No sé si ahora se dan las condiciones para que alguien pueda decir lo mismo.

-Henry James dijo alguna vez que consideraba la “trama” como una nefasta palabra”. ¿Estás de acuerdo con esas palabras? ¿No crees que su práctica desmiente esa teoría?

-Uy, tendríamos que ver dónde dice eso y lo que dice antes y lo que dice después… Y aun así yo seguramente, jajaja, no lo entendería. Sé que esto sonará a barbaridad, pero el trabajo crítico de James a mí me parece abstruso, ininteligible, y nunca me ha atraído al punto de hacer el esfuerzo de descifrarlo. De todos modos, los detractores de James precisamente de lo que más le acusan es de someterse a tramas rígidas y geométricas. No sé si todos los relatos incluidos en esta antología son tan, tan geométricos. Bueno, «Lo real» quizá sí: es un gran caso de abyecta simetría; y «Los amigos de los amigos» gira en torno a un misterio de líneas paralelas. Pero James también sabe dejarse llevar allí donde le conduce la evolución de la «conciencia» -gran término jamesiano- de sus personajes, que no tiene por qué ser un territorio acotado y predeterminado. También es cierto que eso se ve más en sus novelas que en sus cuentos.

-Al contario que en otros escritores, la ambigüedad no es un decorado: parece que James no se guardara ningún as en la manga. Pero duda junto al lector sobre algunos aspectos de sus tramas. ¿Sería una postura ética?

-Bueno, a James le encanta jugar con lo que no se sabe. Con lo que se ignora, con lo que es demasiado fuerte para decirse expresamente, con lo que se oculta por interés. Y, de un modo u otro, siempre es por fidelidad, digámoslo así, a un personaje. El célebre macguffin de «En la jaula», por ejemplo: un telegrama importantísimo, con una serie de números indescifrables, y… «¡Si está equivocado está bien!». Este galimatías resuelve la trama del capitán y lady Bradeen, que son los únicos que lo entienden; pero también resuelve, tristemente, la historia de la joven heroína, a quien lo único que le queda es la ilusión de haber tenido un pequeño papel en una trama ajena, inaccesible para ella. El narrador, por solidaridad con su heroína, deja al lector en el mismo grado de ignorancia; para contarnos en qué consistía realmente el telegrama habría tenido que adoptar el punto de vista (el conocimiento) del capitán y de lady Bradeen y eso habría sido traicionar a la heroína. Saber y no saber son elementos de un juego de poder y a partir de ellos James plantea graves dilemas de solidaridad que incriminan al lector, precisamente porque el conocimiento es siempre algo que uno busca en la lectura.

-¿Cuál es la recepción de James para los autores españoles?

-No sé. A mí me influyó mucho.

Relatos de Henry James

Carlos

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