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Las Brontë

Los tres últimos siglos del arte y el pensamiento occidentales han sido un ir y venir de pasiones y razón, de voluntariosos científicos que se empeñaban en medirlo todo y de arrebatados poetas que exaltaban los impulsos del espíritu. Los gustos, los estilos y las modas se han ido alternando como en un juego de contrapesos en el que las generaciones se rebelan contra sus precedentes y pretenden con furia derribarlos. Así, los hombres y mujeres creadoras, hijos e hijas de su tiempo, se ven arrastrados por la corriente general de los ideales aceptados y contribuyen a forjar con su arte la cultura de su época. Muy pocos pudieron nadar a contracorriente.

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Entre esos pocos que fueron capaces de situar su obra al margen de lo que dictaba el gusto de su tiempo se sitúan las hermanas Brontë, quienes, además, unían su espíritu independiente a su condición de mujeres, en una época —los años de la Inglaterra victoriana— en la que les era negada cualquier capacidad para decidir por sí mismas sobre su propia vida, y por supuesto, en la que el pensamiento y la cultura les estaban prácticamente vetados. Aun así, el siglo XIX vio florecer en Inglaterra a un buen número de talentos femeninos en la literatura, antes de las hermanas Brontë  —Jane Austen, por ejemplo— y después de ellas, como Mary Anne Evans, aunque tuvieran que publicar sus obras con seudónimos masculinos.

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La obra literaria de las tres hermanas Brontë —Charlotte, Anne y Emily— descolló en su tiempo por su calidad, pero también, vista desde la perspectiva de los años, por su doble condición de ser una obra estilísticamente obsoleta para su tiempo y, por otro lado, adelantada a él. Es cierto. Mientras la encendida exaltación de las pasiones femeninas que hay en sus textos constituyó un verdadero escándalo en su momento, por su crudeza y veracidad, la inspiración romántica de su literatura venía a ser el rastro de unas formas literarias que ya caían en desuso, sustituidas por el nuevo realismo que se imponía en la Inglaterra victoriana y cuyo máximo representante en los mismos años en que las hermanas Brontë publicaban sus novelas era el gran Charles Dickens.

La originalidad del legado literario de las hermanas Brontë viene determinado más por las particulares circunstancias vitales en las que crecieron que por una voluntad intelectual y erudita. El aislamiento, la soledad, las desgracias y enfermedades que conformaron el paisaje de su infancia contribuyeron a desarrollar en estas extraordinarias mujeres una particular capacidad para imaginar mundos diferentes y para rebelarse, al menos con las armas de la creatividad, ante el estrecho corsé que les imponía la sociedad inglesa del momento. Y aunque algunas de sus obras obtuvieron el reconocimiento inmediato de crítica y público, la prematura muerte de las tres hermanas les impidió disfrutar de él. Ahora, tanto tiempo después, los caprichos del destino y las idas y venidas de la cultura occidental entre las pasiones y la razón han dado como resultado que las novelas de las hermanas Brontë estén más de moda que nunca, que sean de nuevo leídas y publicadas, que sean llevadas al cine y que el público las aprecie y tenga a estas tres literatas como un símbolo de la liberación de la mujer. Así sea.

Ulises Ramos

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