«Fracaso», de Antón Chéjov

3 Posted by - marzo 30, 2018 - Autores, Empieza a leer

Os ofrecemos un delicioso relato corto de Antón Chéjov, «Fracaso», de nuestra edición preparada por Richard Ford, titulada Cuentos imprescindibles, una muestra de la maestría del autor ruso en este género literario.
Chejov mayor
Iliá Serguéich Péplov y su mujer, Kleopatra Petrovna, de pie junto a la puerta, escuchaban ávidamente. Por lo visto, al otro lado, en la pequeña sala, tenía lugar una declaración de amor. A su hija Natáschenka se le declaraba el maestro de la escuela del distrito, Schupkin.
—¡Muerde el anzuelo! —susurró Péplov, temblando de impaciencia y frotándose las manos—. Cuidado, Petrovna; tan pronto se ponga a hablar de sentimientos, descuelga el icono y entramos a darles la bendición. Los pescaremos… La bendición con con el icono es sacrosanta e inviolable… Ya no podrá escabullirse, aunque recurra a los tribunales.
Entre tanto, tras la puerta tenía lugar la siguiente conversación:
—Deje en paz su carácter —decía Schupkin, encendiendo una cerilla en sus pantalones a cuadros—. ¡A usted, no le he escrito ninguna carta!
—¡Ya, ya! ¡Como si no conociera yo su letra! —reía a carcajadas la joven, chillando afectuosamente y contemplándose sin cesar en el espejo—. ¡La he reconocido enseguida! ¡Es usted bien extraño! ¡Maestro de caligrafía, y hace una letra como una gallina! ¿Cómo enseña a escribir si usted mismo escribe mal?
—¡Hum! Esto no significa nada. En caligrafía lo importante no es la letra, lo principal es que los alumnos no se distraigan. A uno le das con la regla en la cabeza, a otro lo pones de rodillas… La letra… ¡bah! ¡No tiene importancia! Nekrásov fue escritor, y hay que ver lo mal que escribía. En la edición de sus obras completas hay una muestra de su letra.
—Una cosa es Nekrásov y otra usted… (suspiro). Con un escritor yo me casaría de buena gana. ¡Siempre me escribiría versos, me los dedicaría!
—Versos, también puedo escribírselos yo, si quiere.
—¿Y sobre qué puede usted escribir?
—Sobre el amor… sobre los sentimientos… sobre sus ojos… Los leerá y se quedará turulata… ¡Le brotarán las lágrimas! Si le escribo versos poéticos, ¿dejará que le bese la manita?
—¡Como si eso importara!… ¡Bésela si quiere ahora mismo!
Schupkin se levantó de un salto y, abriendo mucho los ojos, se precipitó sobre la manita regordeta, que olía a jabón de huevo.
—Descuelga el icono —se apresuró a decir Péplov, dando con el codo a su mujer, palideciendo de emoción y abotonándose—. ¡Vamos! ¡Venga!
Y sin esperar un segundo, Péplov abrió la puerta.
—Hijos… —balbuceó alzando la mano y parpadeando llorosos los ojos—. El Señor os bendiga, hijos míos… Vivid… fructificad… reproducíos…
—También… también yo os bendigo… —articuló la mamá, llorando de felicidad—. ¡Sed felices, queridos! ¡Oh, se lleva usted mi único tesoro! —añadió dirigiéndose a Schupkin—. Ame, pues, a mi hija, cuide e ella…
Schupkin se quedó con la boca abierta por la sorpresa y el susto. El asalto de los padres había sido tan repentino y audaz que el joven no podía pronunciar ni una palabra.
«¡Buena la he hecho! ¡Me han enredado! —pensó mudo de horror—. ¡Se te ha caído el pelo, hermano! ¡De esta no te escapas!»
Y presentó sumisamente la cabeza como si quisiera decir: «¡Me rindo, estoy vencido!»
—Os ben… os bendigo… —prosiguió el papá, y también se puso a llorar—. Natáshenka, hija mía… ponte a su lado… Petrovna, dame el icono…
Pero el padre dejó de llorar súbitamente y su rostro se contrajo de cólera.
—¡Pepona! —dijo irritado a su esposa—. ¡Cabeza de alcornoque! ¿Acaso es esto el icono?
—¡Ah, santos del paraíso!
¿Qué había sucedido? El maestro de caligrafía alzó tímidamente los ojos y vio que estaba salvado: la mamá, en su precipitación, en vez de descolgar de la pared el icono, había descolgado el retrato del escritor Lazhéchnikov. El viejo Péplov y su esposa Kleopatra Petrovna, con el retrato en las manos, estaban confusos, sin saber qué hacer ni qué decir. El maestro de caligrafía aprovechó la confusión y escapó.

FIN

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