El viejo Fontane

4 Posted by - marzo 2, 2017 - Autores, Empieza a leer

Os ofrecemos las primeras líneas de la introducción de Thomas Mann que acompaña a nuestra edición de Effi Briest, de Theodor Fontane, un texto lúcido y ameno que nos acerca como ningún otro a la figura del “viejo Fontane”.

05 Effie Briest Fontane

«Se ha publicado un nuevo volumen de cartas de Theodor Fontane, una verdadera delicia. Hasta ahora solo contábamos con dos volúmenes con las cartas a su familia y con dos más de cartas a sus amigos. ¿Es que queda algún otro? ¡Entonces, tiene que publicarse! Y en especial el testimonio de la época más tardía, las cartas del viejo Fontane. En comparación con ellas, las del Fontane joven o de mediana edad tienen poca importancia. ¿No da la sensación de que estuviera obligado a envejecer, y mucho, para llegar a ser él mismo? Del mismo modo que hay jovenzuelos que alcanzan la plenitud muy temprano y nunca maduran, por no hablar de viejos que no sobreviven ni a ellos mismos, también es evidente que existen naturalezas para las que la vejez es la única edad, ancianos clásicos, por decirlo así, llamados a abrir los ojos de la humanidad a las enormes ventajas de esa etapa vital, como la ternura, la bondad, la justicia, el humor y una taimada sabiduría, en definitiva, el más alto retorno a la inocencia y la libertad de la niñez. Él era uno de estos, y parece que, consciente de ello, hubiera tenido prisa por envejecer, para poder ser mayor durante mucho tiempo. En 1856, a los treinta y siete años, escribe a su mujer: “Me doy cuenta de que envejezco porque comienzo a encontrarle el gusto a la música. La música y la belleza de las líneas de una estatua comienzan a sentarme bien. Los sentidos se me agudizan, y la primera regla del deleite es ahora: ¡Nada de esfuerzos! Durante la juventud todo eso es diferente”. Veintitrés años después escribe a su editor Hertz: “Acabo de comenzar. Aún no he vivido nada, sino que todo queda ante mí, lo cual es al tiempo suerte y desgracia. También desgracia. Porque no tiene nada de agradable aparecer como un ‘pequeño doctor’ a los cincuenta y nueve”. Catorce años después escribió su obra maestra…

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