El miedo es clásico

2 Posted by - octubre 8, 2017 - Noticias

Podemos decir que la literatura fantástica nació como género en Inglaterra durante la segunda mitad del siglo XVIII con la novela gótica, que apuntaba algunos de los temas —fantasmas, aparecidos, sucesos macabros— y escenarios —castillos en ruinas, casas encantadas…— de esta clase de relatos. La imaginería romántica alemana y francesa añadió a estos elementos un carácter más abigarrado, si se quiere más preciosista en el uso del lenguaje, así como un componente introspectivo, onírico y surreal, en el que lo terrorífico, más que provenir de un elemento externo (la aparición, el espectro) parece surgir de las profundidades de la mente humana. En el transcurso de la siguiente centuria, lo fantástico va tomando paulatinamente tintes psicológicos. De situaciones o entornos aparentemente familiares surge insidiosamente el elemento extraño, sobrecogedor, inexplicable, que sacude las que creíamos bases firmes de nuestra existencia, fundadas sobre creencias religiosas, científicas o morales, y sitúa al individuo frente al desequilibrio, el absurdo, la locura y la muerte.

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Sin embargo, y en un sentido más amplio, existe literatura fantástica que cumple con los cánones del género desde mucho tiempo atrás. De hecho, cabría preguntarse si el elemento fantástico no va unido de forma indisoluble al nacimiento del hecho literario en sí, incluso desde sus formas iniciales puramente orales. Lo que nuestros antecesores querían escuchar como distracción al final del día, o en las largas veladas invernales en torno al fuego, no era seguramente una relación de acontecimientos rutinarios similares a los que experimentaban a diario, sino relatos en los que el protagonismo era asumido por lo inexplicable, por la multitud de fenómenos que escapaban a su comprensión o a su control. De algún modo, quizás, esos relatos exorcizaban temores.

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La epopeya de Gilgamesh, los relatos del Panchatantra o Las mil y una noches ofrecen numerosos ejemplos en que «lo maravilloso» se inserta en una historia cotidiana que deriva hacia situaciones cada vez más alejadas de lo racional, desafiando cualquier explicación. La presencia de seres ficticios (genios, aparecidos, dioses, etc.) es, sin embargo, asumida con mayor naturalidad que en los relatos de las últimas centurias en los cuales el espíritu positivista y racional de la época trata siempre de hallar respuestas lógicas a lo que interpreta como un engaño a nuestros sentidos.

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Podría asumirse, por tanto, que en el relato fantástico, de miedo o de terror, cabe todo aquello que abre un resquicio en la realidad, permitiéndonos atisbar otros mundos posibles, universos paralelos cuya trama se enreda en ocasiones con la de nuestro propio mundo en un entrecruzamiento de hilos que origina sorpresa, asombro y temor. Para los aficionados al género estos resquicios adoptan, quizás, la forma de respiraderos que permiten que emerja, desde una existencia sumergida en el monótono mar de la cotidianidad, la cambiante superficie de la tierra de los hielos eternos.
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Nuestros «Clásicos de Miedo» ofrecen al lector una variada muestra de este género de tan amplios y difusos límites, en el que la muerte se constituye en el único denominador común. ¿Qué otra cosa, si no, es el más incomprensible, el más persistente soporte de todos nuestros miedos?

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