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Viaje

El extraño viaje

Durante su primera salida tras el regreso, el caballero encuentra un establecimiento que no le es tan ajeno como todo lo demás y se detiene a admirar su escaparate cual náufrago que divisa, al fin, el islote que ha de salvarle la vida. Lo que le resulta extraño es que decenas de ejemplares de un mismo libro ocupen casi la totalidad del expositor. ¿Qué rara costumbre es esta —se pregunta el caballero—, no sería más del interés del librero mostrar al viandante la variedad de sus existencias? Intrigado por este nuevo enigma que le ofrecen las modernas calles, se decide a entrar.

El negocio dispone de una iluminación intensa y blanquecina que hiere los ojos del caballero, y no huele como él recuerda que olían las librerías. El ambiente es más pulcro, como recién lavado con jabones aromáticos, desprovisto de la espesa atmósfera de papel húmedo y tabaco que, incoscientemente, esperaba encontrar. También advierte el orden milimétrico en el que se disponen los volúmenes. No hay mesas cubiertas de pilas de ejemplares variopintos, ni estanterías carcomidas y repletas de libros colocados de cualquier manera con tal de hacerles hueco.

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Tras estas primeras impresiones, el caballero se acerca, dubitativo, a una primera mesa baja y cuadrada en la que lucen, cuidadosamente dispuestos, unas decenas de títulos bajo un cartel que reza: «los más vendidos». Ha cambiado mucho la apariencia de los libros. Ahora tienen cubiertas brillantes con daguerrotipos en color —ya ha observado en las calles la exagerada proliferación de extraordinarias imágenes en todos los tamaños y formas— y letras muy grandes, de fuertes tonalidades y en exuberantes tipografías que al caballero le son tan desconocidas como los propios autores y títulos de los libros. «Adelgazar para perezosas», lee en una portada. En otra: «Grandes éxitos de la cocina para impostores», de un tal Falsarius Chef. ¡Qué títulos tan raros!, piensa el caballero, la mejor literatura —¿por qué si no la destacarían en esta mesa de los más vendidos?— ¡dirigida en exclusiva a personas poco honorables! Rumiando estos pensamientos continúa su deambular por tan singular librería.

Pda.-Los-viajes-de-Gulliver

El caballero se detiene a leer los lomos planos de muchos ejemplares pero no conoce a ningún autor, algo que no es de extrañar. Tiene la impresión de que en estos tiempos debe de haber tal cantidad de escritores excepcionales que ya nadie lee a las grandes plumas del pasado. Si no, cómo explicar que no halle ni un solo ejemplar de los discursos de Cicerón, o que no encuentre ni una bendita tragedia de Shakespeare. Piensa en consultar al dependiente pero desiste de ello al verlo enfrascado en la contemplación de un artilugio que sostiene en una mano y toquetea con los dedos —ya ha observado el mismo comportamiento en muchas personas por la calle—, así que el caballero decide continuar la exploración por su cuenta. Al final tiene suerte. En una estantería del fondo distingue algunos libros de autores por él apreciados. Satisfecho, toma uno de ellos. Este siempre quiso leerlo antes de morir y ahora que el destino le ha dado una nueva y extravagante oportunidad no quiere dejar de hacerlo. Al fin y al cabo, este viaje suyo está siendo tan insólito como los de Gulliver.

Te recomendamos:
Los viajes de Gulliver, de Jonathan Swift.

Ulises Ramos

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