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Desembarco de pingüinos

No hay hogar que no contenga algún clásico. Sus lomos de letras doradas nos dedican su mirada, entre altiva y misericordiosa, desde la zona noble de las estanterías de nuestra biblioteca doméstica. O tal vez tenemos esas colecciones que regalaban las difuntas cajas de ahorros y observamos como envejecen prematuramente mientras acumulan años y pierden páginas, esa alopecia precoz de las ediciones populares.

De niños, desde el pedestal que los adultos les imponen, los vemos como jarrones de remotas dinastías orientales, tan valiosos como inservibles.

De mayores, finalmente arrellanados en el sofá, pensamos que deberíamos encontrar tiempo de leerlos mientras acariciamos la penúltima aplicación sobre la pantalla de nuestro teléfono. Pero es un pensamiento débil y bienintencionado.

En el colegio en ocasiones nos hablaron de ellos. O nos obligaron a abrirles las entrañas para realizar una aséptica disección. Como si los profesores desconocieran que el verbo «obligar» y «leer» no pueden conjugarse en la misma frase. En alguna tarde, lluviosa o no, memorizamos siglos, tópicos, lugares comunes. Y ahí nos quedamos.

Desde Penguin Clásicos pretendemos derribar ese muro, acortar esa distancia mediante ediciones impecables y económicas, a un tiempo atractivas como objetos físicos y rigurosas en lo filológico.

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Nuestras ediciones de Miguel de Cervantes.

 

Tenemos la convicción de que, cuando encuentran al lector adecuado, nuestros libros cambian de status, pasando de ser un objeto más, un rectángulo de celulosa atractivamente diseñado, a transformarse en una experiencia misteriosa e íntima que  pasa a formar parte de nuestra vida y de nuestros recuerdos.

Leer a los clásicos es regresar de un modo casi mágico a la época donde esos signos fueron imaginados por primera vez, es vivir en primera persona el latido de la humanidad mediante una minúscula y negra máquina del tiempo que nos cabe en el bolsillo.

Ojalá seas el lector que estos libros aguardan.

Carlos

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