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Clarín: el heroico escritor que no dormía la siesta

“Me nacieron en Zamora”, dice Leopoldo Alas del niño que había sido como culpando a sus padres de su origen no asturiano. “Era rubio y menudo, todo alma, con vida de pájaro que cuando habla parece que canta”, añade como si hablara de un hijo muerto.

Leopoldo no conoce Oviedo, su Vetusta, hasta los siete. Su padre le lleva a conocer el mar a los ocho. Esos dos encuentros son una suerte de viaje a la eternidad. Siente por ellos una curiosidad carnal, todavía no peligrosa. El niño se queda prendado del paisaje: montañas y prados, cipreses y magnolios a cuya sombra, con una caligrafía célebremente incomprensible, empieza a escribir.

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Años más tarde el adolescente Leopoldito es un canijo de lengua afilada: en la revolución del 68 arrastra por las calles de Oviedo el busto de Isabel II y ya se convierte en republicano; reparte su revista unipersonal Juan Ruiz, semanario humorístico; tiene a la Burla como única deidad a la que rinde culto y le gusta practicar con sus armas por si alguna vez debe batirse en duelo contra algún plumilla o poetastro.

Se manda mudar a Madrid para estudiar y, según sus palabras, se hace abogado en un periquete. Por aquél entonces se instaura la República y el joven Leopoldo empieza escribir sobre los nuevos tiempos con su pseudónimo definitivo. Elige “Clarín”, especie de corneta con un sonido extremadamente agudo e hiriente.

Una vez finalizados los estudios consigue una cátedra en Oviedo y la vuelta a una ciudad que se tambalea, a una urbe romántica y menestral asediada por los nuevos tiempos, desencadena la tormenta perfecta.

Un día camina hacia las clases desoyendo la fama de “hueso” que le cuelgan sus alumnos, con una noticia en el bolsillo. En la ciudad discuten si deben talar el Carbayón, el roble sagrado, el inmemorial árbol protector de Oviedo. Lo talan. Clarín no lo desaprueba pero parece empezar a escribir La Regenta para inmortalizar esa vetusta romántica que se desmorona. No toma notas, madura internamente el tema novelístico y jamás escribe hasta que las disponibilidades de tiempo, continuidad y ligereza, estuvieran garantizadas.

La Regenta todavía necesitará un siglo para ser considerada la obra maestra universal que es; deberá driblar las mezquinas críticas sobre erotismo o anticlericalismo; superar el exquisito secuestro franquista que la confinaba a casi prohibitivas ediciones de lujo; seducir  a los jóvenes estudiantes de filología en Oviedo, que se pregunten que ven sus colegas extranjeros, hispanistas americanos, franceses e italianos, para viajar hasta Vetusta con sus modernas cámaras de los años 70 y venerar los rastros de la segunda mejor novela en lengua castellana.

Odiado e idolatrado, tímido y pendenciero, epicentro literario absoluto desde la periferia su vida cotidiana es de una mediocridad apabullante. Enamorado de una muchacha delgada que canturrea y cuenta estrellas, que le molesta la escritura con su ligera cojera. Pura intensidad, Clarín se consume pronto:

“-Todavía podré escribir este verano, ¿verdad?” dice dos horas antes de  dejar de existi

La Regenta

 

 

Carlos

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