Baudelaire o el Dios padre de la poesía francesa

4 Posted by - mayo 10, 2017 - Novedades

Os ofrecemos los primeros párrafos de la excelente introducción de Andreu Jaume a nuestra edición de Las flores del mal – El spleen de París – Los paraísos artificiales.

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«Hay pocos poetas cuya lectura esté tan determinada por su influencia como Baudelaire, que ha encarnado, a lo largo del último siglo, una idea de la modernidad tan reiterada y socorrida que ha terminado por vaciarse y afectar a la posteridad de su obra. Para decirlo con la metáfora de Jean Cocteau que tanta gracia le hacía a Jaime Gil de Biedma, el Génesis según Francia tendría a Baudelaire como Dios padre, a Mallarmé y Rimbaud de Adán y Eva y a Cézanne como manzana. Se trata de un tópico que hizo fortuna muy rápidamente, sobre todo en España, donde fue adoptado sin discusión por casi todos los escritores de la primera mitad del siglo XX. Y no hay duda de que la radicalidad de Baudelaire, a la hora de registrar las transformaciones provocadas por la vida urbana, apuntala, hasta cierto punto, ese lugar común, aunque para hacerse una idea de su verdadero alcance —de la originalidad y el giro que supone su poesía—, haya que mirar un poco más allá.

Les fleurs du mal

»Hoy en día, por otra parte, la lectura de Baudelaire está más que nunca distorsionada por sus influencias, tan extendidas y generalizadas que a veces cuesta incluso detectarlas. Su influjo no es solo evidente en el simbolismo, sino que se percibe en toda la literatura francesa posterior. En Proust, por ejemplo, cuya descripción de la ciudad —o mejor dicho de la nueva forma de habitar el mundo que supone vivir en una ciudad— fue posible solo gracias al camino abierto por Baudelaire, lo mismo que la expresión de ciertos matices de la degradación amorosa. Se aprecia también en Céline, por mucho que él dijera. Y en Michel Houellebecq, que lo ha reivindicado como uno de sus referentes, algo por otra parte sospechosamente obvio. En Inglaterra, la influencia fue inmediata aunque un tanto distorsionada, debido a la temprana apropiación de Swinburne. Fue T. S. Eliot quien mejor supo metabolizar los aspectos fundamentales de Baudelaire y del simbolismo, infectando con ello a buena parte de la poesía anglosajona del siglo XX. A través de Eliot —a través, sobre todo, de Prufrock y otras observaciones (1917) y de La tierra baldía (1922)—, Baudelaire se oye en inglés desde W. H. Auden y Christopher Isherwood hasta Philip Larkin, John Asberry o A. R. Ammons…»

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