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Aperitivo de Los viajes de Gulliver

Os ofrecemos aquí un exquisito aperitivo de nuestra edición de Los viajes de Gulliver, en la traducción de Pedro Guardia Massó, una de las grandes novelas satíricas de la historia de la literatura. Puedes encontrar más información sobre nuestra edición en http://www.megustaleer.com/libro/los-viajes-de-gulliver/ES0093836

Swift retrato

«Por diversas razones no sería adecuado abrumar al lector con los detalles de nuestras peripecias por aquellos mares. Bastará con decirle que durante la travesía de allí a las Indias Orientales una violenta tempestad nos arrastró al noroeste de la tierra de Van Diemen. Según nuestros cálculos, nos encontrábamos a treinta grados dos minutos de latitud sur. Doce miembros de la tripulación murieron por exceso de trabajo y mala alimentación mientras que el resto se hallaba muy debilitado. El día 5 de noviembre, que en aquellas latitudes marcaba el inicio del verano, estando muy brumoso, la tripulación divisó un escollo rocoso a medio cable de distancia; pero el viento era tan fuerte que nos llevó directamente hacia él y nos estrellamos. Entre seis tripulantes arriamos el bote al agua y efectuamos una maniobra para alejarnos del barco y del arrecife. Según mis cálculos remamos unas tres leguas hasta que ya no pudimos más, extenuados como estábamos por el esfuerzo realizado en el barco. En consecuencia quedamos a merced de las olas. Una media hora más tarde una ráfaga del norte volcó nuestro bote. Ignoro la suerte que corrieron mis compañeros, los que se aferraron al escollo, o los que permanecieron a bordo del barco, pero deduzco que todos perecieron. Por mi parte nadé, mientras el ciento y la marea me arrastraban, según el destino me dio a entender. Con frecuencia tanteaba con las piernas pero no conseguía tocar fondo. Casi exhausto y sin fuerzas para seguir luchando, me percaté de que hacía pie, y para entonces la tormenta había ya amainado considerablemente. La pendiente del fondo era tan suave que caminé casi media milla antes de llegar a la orilla hacia, según mi conjetura, las ocho de la tarde. Avancé entonces casi media milla, sin descubrir vestigio alguno de viviendas o personas, aunque tal vez mi debilidad me impidió verlas. Me encontraba muy fatigado, lo que, junto con el calor y la casi media pinta de brandy que había bebido al abandonar el barco, me producía un sopor irresistible. Me eché en la hierba, que era muy corta y suave, y me dormí más profundamente que nunca; creo que más de nueve horas, pues amanecía cuando desperté. Intenté levantarme, pero no lo conseguí. Me hallaba tumbado de espaldas y mis brazos y piernas, junto con mi larga y abudante cabellera, estaban fuertemente amarrados al suelo por ambos lados. No té también varias pequeñas ligaduras por todo mi cuerpo, desde las axilas hasta los muslos. Como solo podía mirar hacia arriba y el sol empezaba a calentar, la luz dañaba mis ojos. Oí un ruido confuso a mi alrededor, pero en semejante postura solo podía contemplar el cielo. Al poco rato sentí que algo vivo se movía por mi pierna izquierda y avanzaba suavemente hacia el pecho hasta casi la altura de la barbilla. Cuando bajé los ojos tanto como pude, divisé una criatura humana que no llegaba a seis pulgadas de altura, con un arco y una flecha en las manos y una aljaba a la espalda.»

Ulises Ramos

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